En la penumbra de la soledad Mario recordaba irritado a todas las bellas mujeres a las que sonriendo como un bobo había dejado escapar sin haber hecho siquiera acto de presencia dirigiéndoles la palabra.
Mario dio mil y un puñetes a la almohada. Uno por cada oportunidad desperdiciada, por cada dona que no osó besar.
Mario dio mil y un puñetes a la almohada. Uno por cada oportunidad desperdiciada, por cada dona que no osó besar.